Me abracé al platanero como cayendo. Abatido por el cansancio y empapado de una lluvia, fina y permanente, que no me daba cuartel en las últimas horas. El árbol era enorme. Salvaje y sin haber sido podado nunca. Las ramas surgían en cualquier altura y en desiguales direcciones. De tamaño descomunal, ni seis hombres lo podían abrazar. Me sentí seguro, apoyado en una madera limpia, virgen, recién desforrada de su piel de corteza. Respiré el aire seco que giraba en su entorno y reposé mi cabeza en su acogedora y ligeramente rugosa epidermis. Cerré los ojos y escuché el tamborileo de las gotas en las hojas del gigante. Era como una batalla de tambores y bombos. Todos alocados tocando sin ritmo ni armonía. Un caos de repicado y redoble, pero ligero, grácil y tenue. Cerré los ojos acunado por el tacto noble de la madera y el soniquete de la lluvia. Tanto los cerré que me dormí. Hoy, cuando he despertado, brilla un sol intenso que atraviesa sin control cada resquicio de masa vegetal. Y en un pequeño charco, a ras de suelo, he visto mi reflejo. Soy madera y corteza, ramas y hojas. He sido abrazado por el platanero y convertido en un hijuelo. La savia verde corre mis venas y me siento feliz. Nunca pude suponer que se podía sentir la vida correr por mi cuerpo como hoy la noto. He sido fagocitado en un acto de amor. Me siento bien. Me siento árbol.