Lo del carné por puntos me recuerda mi época de estudiante y la famosa y anti pedagógica emulación. No importaba lo bueno que fuera el profesor sino la carrera entre alumnos por ser reconocido como el mejor. Ahora, no importa que las carreteras y autovías estén plagadas de boquetes, peraltes mal realizados, penosas y a veces invisibles señalizaciones y un largo etcétera que todos conocemos, lo que de verdad importa es que conservemos los puntos. Como si fuera una herida, te ponen doce puntos y tienes que evitar que el pus se desborde. Me pregunto yo si es constitucional que quien ha conseguido el carné en buena lid y gastándose su dinero antes de la entrada en vigor de la nueva norma, tenga ahora la obligación de que se le aplique este nuevo contador. No se si casa bien con el sagrado principio de la no retroactividad de las leyes. En cualquier caso, pasados los primeros días y luego de transitar por esas vías que Fomento nos ha dado, puedo asegurar que los que me adelantaban como locos antes de primero de Julio, siguen haciéndolo ahora de igual forma. Y no sería muy extraño aventurar que el nuevo carné va a propiciar el aumento de conductores sin permiso. La única solución sería la inmovilización del automóvil del infractor que ha perdido sus doce permisillos. Eso sí que escocería. Porque en este país, en el que todos consideramos un derecho ir a la velocidad que queramos y que tenemos excusa para todo.. ha resultado muy llamativa la del conductor que aducía que era aún 31 de junio..., el problema que tenemos es que somos todos muy hamletianos: cumplir o no cumplir, mantenemos la duda. Desgraciadamente nuestro planteamiento no termina como escribió el danés Saxo Grammáticus, que en su cuento reparte perdices y alegrías. Termina, más bien, en la tragedia shakesperiana de los veintitantos muertos cada fin de semana, una sangría que aceptamos casi sin rechistar. Y a pesar de tanto cadáver, aún seguimos dudando, aún seguimos trampeando y pensando que eso no va con nosotros. Y dime si hay quien sepa por qué causa a todo nuestro reino se ha obligado a tan estrecha y firme centinela. Sin dar ni aun al domingo su reposo... ¿Qué evento temeroso a tal sudor nos fuerza y tal porfía, y en la labor hermana noche y día? Son las cosas que pasan en esta tierra de ácratas burguesopensadores. En la que especulamos que las normas son para los otros. Y si no, que se lo pregunten al consejero áulico señor Aznar, que ha cobrado por asesorar sobre este mundo mundial y se ha montado una empresita familiar para tapar las ñapas. O a los de Marbella que han sacado oro de la tierra infecunda. O el timo de la estampita con el asunto de los sellos. Seguimos mirando el semáforo como a un enemigo que nos estorba y ese no es el plan. Algo habrá que hacer para tener un país de legales para quienes la duda del to be or not to be, sólo sea una obra del Maestro William.
Me gustaría recobrar el cielo como paisaje. Salir a una terraza por la noche y junto a una bebida fresquita poder disfrutar de los miles de estrellas que tachonan las alturas nocturnas. Desearía volver a ver la Vía Láctea desde cualquier calle de Huesca y a los viejos Ecos dando vueltas, las constelaciones y la Osa Mayor. Es un objetivo difícil, pero aseguraría un plus para el turismo que muy pocas ciudades pueden ofrecer. Se trata de evitar cualquier tipo de contaminación lumínica para volver a descorrer las cortinas que nos ocultan la perspectiva y el horizonte. Además de afectar a los hombres, tanta luz nocturna, lámparas, anuncios y decorativas, parece que perturba a las aves y a los insectos. Ahora que llega el calorcito del verano, ahora que muchos dormimos con las ventanas medio abiertas invitando a la brisa, se cuela también la luz de las farolas mal instaladas o de anuncios sobrados de luxes. Las famosas y extendidas farolas globo, por ejemplo, derrochan luz, dinero e iluminan lo que no deben. Vivimos como nuevos ricos. De las más de 7.500 estrellas que podríamos ver en nuestro pequeño espacio de cielo, ¿cuántas vemos? Dicen los expertos que, con suerte, unas 70. Desde luego, a simple vista, no llegan a la decena. Aún recuerdo, siendo niño, cómo mi abuela me enseñaba las constelaciones, el carro, las osas y las estrellas fugaces. Recuerdo, incluso a los primeros satélites artificiales, los Ecos, pasando sobre mi terraza. Nada de eso puede verse hoy en día. Nos hemos convertido en cromagnones más rastreros, más pegados al limo y las glebas. Ya no hay dioses en el Olimpo, ni romanticismo en la luna. Los dioses menores se asustan de tanto fulgor. Recuperando esa vía deberíamos vender Huesca, por ejemplo. Lugar donde volver a disfrutar de un cielo limpio con todas las comodidades urbanas. Las farolas hacia abajo y con los watios necesarios, no más. La iluminación de monumentos de arriba/abajo, los anuncios sin neon, sólo con lámparas de sodio, con visera y enfocados al suelo. El asunto vale dinero, es cierto, pero lo ahorraríamos en la cuenta de gastos comunes, reduciríamos emisiones de CO2 y tendríamos una ciudad más acogedora, más vendible y más en el camino el siglo XXI. Si a proyectos así añadimos la aplicación de las normas fotovoltaicas en la construcción y un uso más racional del automóvil, nos pondríamos a soñar sin tope ni pihuela. Así que, desde el ayuntamiento, bien podrían dedicar un tiempo, igual una comisión o un replanteamiento para este tipo de cosas, que parecen menores, pero no lo son. Forman parte también de la calidad de vida. Si conseguimos, igualmente, que acudan turistas, astrónomos, poetas, enamorados y aficionados a mirar hacia el infinito, habremos conseguido una definición propia y un estilo. Que, en definitiva, de eso se trata, de ser especiales y marcar estilo.
La Cruz Roja llevará al Archivo Histórico de Salamanca 80.000 documentos, la mayor parte de ellos cartas de presos y de desplazados durante el conflicto bélico civil del treinta y seis. Se trata de papeles que manejó la Cruz Roja Internacional durante la contienda en ambos frentes, en las dos Españas. Fueron entonces correo de cartas y sentimientos, cuidadores de presos cuando les dejaron, cuidadores de miles de niños en el exilio y notarios fehacientes de la destrucción de un país y de una experiencia de convivencia. Los documentos son facsímil, que los originales quedarán en Suiza, en Ginebra. Pero interesados y estudiosos podrán analizar e investigar, incluso describir, algunas emocionantes historias de muchos españoles afectados por la separación de los frentes. Ni que decir tiene que los cuerpos de sanidad cumplieron, en ambas partes, con su objetivo y vocación con una entrega sin parangón durante el período de guerra. Con distintos nombres: Damas Enfermeras Españolas, Enfermeras de Guerra, Enfermeras de Socorro Rojo y otros calificativos similares con los que se extendieron por la geografía sufriente, hoy son recordados con beneplácito general. Pues bien, ahora, el Comité Internacional de Cruz Roja hace entrega de estos papeles (sus copias), porque dice que hoy en día hay más ganas de saber, más curiosidad entre los españoles. Posiblemente también, digo yo, porque ahora hay menos miedo. Pero queda algún fleco por aclarar y recordar. Entre los muchos asuntos de interés que faltan por saber quiero apuntar uno que conocí, por mejor decir… del que disfruté, en persona. Me refiero a la Cruz Roja Republicana Española en el Exilio. Institución que ha perdurado hasta los años ochenta en Francia, que tenía plaza en un edificio en París, en la calle de la Roquette, cerca de la plaza de León Blum y que reconvertida en casi una ONG, me trató de una dolencia en los primeros años setenta. Y lo hizo con mimo y entrega, sin preguntar por mi filiación ni ideología. Si quieren más datos lean el libro de Alicia Alted Vigil, publicado por la Universidad de la Rioja. Ahora que todo se revisa, que todo se pregona y conmemora, querría que alguien con más datos y conocimiento que yo, levantara algún pedestal –aunque fuera verbal-, por aquellos españoles, en su mayoría profesionales de la medicina que, una vez en el exilio, mantuvieron su actividad profesional y su esperanza de volver alguna vez a España. Al menos por ser reconocidos. Aquella Cruz Roja en el exilio se diluyó en silencio y sin molestar. No exigió reparaciones ni derrotas. Sufrió la suya propia y lo hizo sirviendo, tal y como se mantuvo desde su nacimiento. Ahora no tiene ni papeles que devolver.
No todo en el mundo es fútbol, aunque lo parezca.
Fútbol por la mañana, por la tarde y por la noche.
Fútbol a todas horas. Y lo más curioso: nadie a mi alrededor entiende que, siendo yo hombre, no me guste ese deporte. Me siento mirado como un bicho raro. Y la verdad es que me aburre. Y el problema es que tengo el enemigo en casa. Me explico: mi caso es muy especial porque mi compañera ama el fútbol por encima de todas las cosas. Ve todos los partidos, se sabe alineaciones propias y extrañas, se sabe incluso alineaciones y famosos futbolistas de hace cincuenta años. Disfruta viendo los partidos con exclamaciones y cabreos. Y mientras tanto yo dormito, o leo, o sufro de un hambre feroz. Y no lo critico, ni mucho menos. Me parece bien que ella disfrute con lo que le gusta, lo que critico es el atracón de fútbol que llevamos este año entre liga, campions, copa y selección.
No entiendo que haya tanta pasión por ver a 22 tíos millonarios dando patadas en calzones. Serán los “circenses” tan habituales en la historia. Será.
El señor Alcaraz se ha convertido en el ariete necesario que, bien usado, engrasado para cada manifestación, con una puesta a punto en el momento preciso, puede dar frutos y luego, conseguido el objetivo, quedar descabalgado en un rincón. Da gozo verle insultar y, sobre todo, atreverse a usar la insidia como fórmula de presión y recepción de aplausos fáciles. El señor Alcaraz, el presidente de la AVT, se permite unos lujos verborréicos a los que muy pocos españoles nos aventuramos. No ha sido reconocido legalmente como víctima de terrorismo, pero preside la Asociación de tales víctimas. El citado don José, no se ha sometido, que sepamos, a votación popular en unas elecciones, pero actúa como el líder de una formación extraparlamentaria, radical y muy cercana a la extrema derecha. Para colmo es aplaudido y aprovechado por la derecha legal, opositora y parlamentaria. Está haciendo el trabajo sucio de una reclamación justa, de una demanda que todos debemos tener en cuenta y en consideración: la de las víctimas del terror. Pero el contenido de sus discursos y su permanente negacionismo y corrosivo lenguaje lo estropea. El señor Alcaraz, sin CNI, ni espías ni gobierno, sin amparo de urna ni programa, reparte estopa y dictamina quienes son buenos y quienes malos. Usa el maniqueísmo como recurso reduccionista. Se opone, por ejemplo, a que el juez Garzón vuelva a la Audiencia Nacional o, afirma –y nadie le denuncia-, que el gobierno tiene que romper con ETA, dando a entender que hay una acuerdo previo, o que el gobierno se ha rendido a la banda armada. Va por libre y suelta sir reparo cualquier cosa que le venga a la cabeza o que han vendido ya otros incendiarios como él. No hay derecho a que las víctimas hayan caído en sus manos. Qué fácil es manipular el dolor. Este señor debería explicar su militancia, si la tiene o, en caso contrario, apuntarse al partido que más le guste o, en última instancia, fundar su propia formación y defender así sus ideas como establece el sistema constitucional que tanto usa como amparo. Escudarse en el dolor y sentimientos de las víctimas para hacer política no es decoroso ni ético. Precisamente él, que tanto habla de dignidad. Y el señor Alcaraz usa su situación de forma ventajista, para atacar indiscriminadamente, manipular y enfrentar a los ciudadanos. En cada manifestación medra, amenaza y amplía su dureza en la crítica. Hace política, pero poco más. Lo último que ha dicho es que hay que despertar a la sociedad contra la mentira del gobierno. Qué poco habló en años anteriores y qué poco se quejó cuando el gobierno de Aznar mantuvo contactos con ETA y Batasuna. Pero claro, las cosas son distintas y cambian según el color de quien manda y la necesaria oportunidad y oportunismo se dictaminan como arma que derrote y nunca con objetivo de convivencia. Qué pena que sigamos igual.
NACION INGRÁVIDA
Hemos asistido a un debate del estado de la Nación que más parecía el debate de una Nación en estado. En disputa permanente. En situación de ingravidez, siempre en dudas, en desarrollo, en sorpresa. Esperando gemelos o lo que Dios tenga a bien. ¿Y en que mes está? Pues vaya usted a saber. Mientras no sea de aire. ¿Y era deseado? Esa sí que es una buena pregunta. La derecha dice que no, que no se lo esperaba, que el debate territorial, los nuevos estatutos y el quebradero de cabeza que dan, son una revolución oculta, una larga cambiada a la Constitución y la fulminación de la España una, grande y libre. Tipo Aznar en sus tiempos en La Rioja, para entendernos. No les ilusiona nada el embarazo del Estado. Están que trinan. Piensan más bien que asistimos al descabello del estado jacobino y que la criatura que va a nacer será ignota y surgida de la exclusa del averno nacionalista radical. Una joya de arrapiezo. La izquierda modera el asunto, contempla con fascinación la oronda ingravidez del Estado y baraja nombres para el nasciturus: que si nacionalidad, que si realidad nacional o cualquier otra que mente preclara proclame y suene bien. La izquierda está convencida de asistir al desarrollo de la Constitución, artículo 2, título octavo, especialmente, con una federalización leve que beneficiará a los administrados y calmará la sed de más, siempre ansiosas, siempre pidiendo, de nuestras regiones, cantones, países o como quieran ustedes llamarlos. El asunto tiene su miga y, especialmente, por sus locomotoras tipo “Mallet Compound” –las de los años 30-, que tiran con rabia de los tirantes de sinteticón que unen la argamasa del país con ánimo de ruptura: léase nacionalismos catalán y vasco. Los demonios radicales y separatistas del ínclito Acebes. Los territorios traidores según la versión y propaganda del franquismo. Hemos asistido, casi boquiabiertos, a una diatriba en distinta clave, unos en Sol y otros en Fa, que ha sonado horrísona, que ha abusado de la clá, del sainete y de la “aclamatio sine qua non”. Y yo, mientras, comparando los índices hipotecarios de referencia. Y aquel de allí sin jardín de infancia. Y el de más allá embutido en una lista de espera interminable. Son las cosas que pasan cuando esperas un parto. El resto se olvida, pasa a un segundo plano. ¿Y viene con complicaciones? ¡Bueno! Las que usted quiera y más. Puede ser un parto sin violencia, tipo Doctor Leboyer, puede ser natural, en agua, aunque también y por lo que uno ve, por la desafección y desamor que se tienen los partidos mayoritarios, puede que el embarazo venga ectópico o que nos llenemos de palabras como armas arrojadizas, de insultos y navajazos y la Nación presente un embarazo con preeclampsia. De momento los bebés que vienen en este embarazo de Estado parece que se presentan en forma podálica. Y callan. No mentan ni la indignidad ni la frivolidad. Por algo será.
Nos ven.
Nos miran como carnaza
No nos entienden, ¡ni falta que hace!.
Están ciegos a la realidad.
Nos quieren….
Nos quieren en la calle.
No nos quieren como profesionales
Están mudos ante la fechoría que incoan.
Están sordos ante la reclamación.
Son sordos voluntarios.
Pertenecen a una ONG de sordos.
Necesitan el sonotone de la ética.
Esto nos huele mal.
Apesta la desunión de los trabajadores
Me huele mal tanto silencio cómplice.
Les compraré un pañuelo para sus mocos de insolidaridad.
Algunos piensan que se salvarán por los pelos.
Por los pelos de la gatera y otros que prefiero no nombrar.
Esto me pone los pelos de punta.
Mis pelos como flechas contra los ejecutivos de la SEPI
Nos dicen que estemos tranquilos
Olvidan que viene de tranca.
Aparato para partir cabezas.
Haremos el amor mientras podamos, sin olvidar a los traidores de la pública.
Enfrascado estoy entre ceja y ceja
Buscando soluciones para todos.
De Comité en Comité, de programa en programa.
Para que luego vengan unos SEPIS y nos metan en un ERE.
Adiós Radio Pública.
Para siempre adiós.
Un buen sitio para pasar el próximo fin de semana es el Castillo de Loarre. Lugar magnífico, Castillo romántico y románico por excelencia. Aquí se han rodado películas y se siente revivir el medievo entre las hierbas y los riscos. Se come muy bien y está cerca de poblaciones grandes.
